martes, 2 de junio de 2020

Apostillas a la duodécima clase teórica


Polifonía, intertextualidad  y contaminación de voces

Desde hace unas tres décadas los estudios sobre aquello que aquí se denomina polifonía e intertextualidad ocupan un lugar destacado en los estudios lingüísticos y literarios. En el caso de la lingüística su origen puede rastrearse incluso más atrás, en relación a la llamada teoría de la enunciación que en su desarrollo colocó como procedimiento básico de la constitución de un enunciado el análisis de  los modos diversos en que esa unidad se nutre parcialmente de otras que le son similares, las cuales aparecen en el enunciado citante de manera directa o más alusiva (implícita).

Esta perspectiva desarrollada por diversas vertientes de los estudios lingüísticos contemporáneos rechazan de plano aquella idea de Ferdinand de Saussure contenida en su noción de “habla”, es decir un sitio donde el sujeto es libre, activo, y puede hacer uso del sistema de la lengua según le venga en gana. Como si fuera concebible un “lugar” en el cual el individuo puede apartarse de la “masa hablante” y de las leyes generales que el código lingüístico impone; la concreción, en fin, de una suerte de utopía racionalista-positivista.

Con anterioridad a la “lingüística de segunda generación” (expresión utilizada por Émile Benveniste para describir a los estudios centrados en el aparato formal de la enunciación y el discurso) y la pragmática, se pueden rastrear otras diversas fuentes en la historia de la filosofía donde la crítica a la figura de un sujeto único, indivisible, atacó extensivamente la certidumbre de que los actos de lenguaje que él realiza constituyen una muestra segura e indubitable de su pensamiento y su conciencia; es decir las “garantías”, en última instancia, de su “propiedad” exclusiva sobre ellos.

En este sentido una figura de referencia fue Friedrich Wilhelm Nietzsche (Alemania, 1844-1900). En diferentes ensayos, el autor de El anticristo caracterizó al sujeto como una “ficción”, a través de la cual se ha fundado la ilusión de que, detrás o por debajo, de los muchos “estratos constitutivos” es posible advertir un sustrato común, una “esencia” u “origen”.

Las distinciones entre sujeto, objeto y atributo son, entonces, invenciones que se imponen de forma esquemática sobre hechos manifiestos. La observación fundamentalmente falsa es aquella según la cual es uno mismo el que hace algo, el que sufre, el que posee algo, el que tiene una cualidad determinada

(La voluntad de poder. Ensayo de una transmutación de todos los valores, Barcelona, Península, 1973),

 escribió Nietzsche

Sin estar necesariamente incluidos dentro de un sistema filosófico tan vasto y complejo como el nietzschiano, se puede constatar en la actualidad una suerte de sentido común -o “estado de la cuestión”- que atraviesa la sociología, la antropología, la semiótica e incluye al pensamiento filosófico, que es aquél que, con diferentes formulaciones, sostiene que el lenguaje es un fenómeno esencialmente social (no en el sentido abstracto e hipotético que le da Saussure), y por ello polifónico, un espacio virtual de convergencia de la voz de todos, pleno de contaminaciones y mezcla de “voces”. Y la prueba de una naturaleza tal la constituye la simple evidencia de que esas palabras que en este momento salen de la boca de cualquiera u otro cualquiera escribe sobre un papel han sido pronunciadas y escritas con anterioridad por millones de hablantes de la lengua, en los más diversos contextos sociales e individuales, con intencionalidades y funciones también diversas. Por lo tanto, necesaria y lógicamente, cada vez que tomamos contacto con algún término, ordenamiento sintáctico o esquema genérico, lo sepamos o no, cada hablante o escribiente pasa a ocupar un lugar en un diálogo infinito que es el de su especie a lo largo del tiempo (y que, por supuesto, ha sedimentado hacia la actualidad hacia el marco general de las lenguas nacionales, “locales” o sectoriales que en cada situación habría que analizar).

¿Acaso alguien puede reclamar propiedad u originalidad alguna sobre el “buen día” con que se saluda al vecino, el “de nuestra mayor consideración” con que escribe la primera carta de hoy en la oficina, el modo en que se enfatiza “Había una vez…” para llamar la atención del chico al que se le va a leer el cuento que exigió para dormirse, el “Amén” antes de persignarse el domingo por la mañana en la iglesia o el emotivo y exaltado “Compañeros” con que un muchacho da inicio la asamblea estudiantil en el interior de la facultad…?


Sujeto empírico, locutor, enunciador

En medio de sus múltiples proyecciones actuales, se puede a modo de paradoja subrayar que el término polifonía es ya, en sí mismo, polifónico. Puesto, entonces, que remite a asociaciones diversas vale la pena -o no queda más remedio que- comenzar repasando su definición más tradicional, aquella que pertenece al campo de la lingüística.

De acuerdo con el lingüista francés nacido en 1930 Oswald Ducrot (en Problemas de lingüística y enunciación, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras -UBA-, Serie “Cursos y conferencias”/5, 1985) hay una concepción tradicional de la semántica verbal que descansa sobre un par de tesis básicas que no siempre se explicitan. Esos presupuestos son:

1)- la linealidad del sentido, y
2)- la unicidad del sujeto hablante,

y  alimentan una tradición que puede encontrarse de manera fuerte en Europa y hasta fines del siglo XIX.

La idea simple que subyace a esta concepción es que todo enunciado expresa un  pensamiento. Según historia Ducrot, la noción se encuentra en la siempre muy citada gramática “general y razonada” de Port Royal (escrita por Claude Lancelot en colaboración con Antoine Arnauld hacia 1660) y en casi todos los lingüistas europeos de la época que empiezan a poder ser calificados de tales. Si el enunciado expresa un pensamiento, en consecuencia, el acto de la comprensión consiste en poder determinar con claridad cuál es ese pensamiento (contenido) expresado. Por esta vía, debería definirse pensamiento en los términos y las proporciones de la reacción del sujeto frente a la representación de la realidad por él concebida.

Así, todo “hecho” lingüístico debe ser considerado como la mixtura de dos fuerzas, una objetiva y otra subjetiva, como ya lo había notado el pensador René Descartes en las formas de la voluntad y el entendimiento, y que -indica Ducrot- todavía pueden encontrarse, aunque con las transformaciones del caso, en la teoría contemporánea de los actos de habla de John Searle y John Austin.

De tal modo Ducrot propone distinguir entre

1-      dictum (representación), y
2-       modus (voluntad),

es decir, entre un cierto contenido de información que transporta el enunciado y un punto de vista valorativo que envuelve y presenta dicho contenido. La consideración de estas dos fuerzas lleva necesariamente a descartar la posibilidad de concebir al sentido como una linealidad.

En relación al otro punto, la llamada enfáticamente “unicidad del sujeto hablante”, la pregunta primera es qué se entiende exactamente por tal, dado que la figuración atenaza diversos atributos y predicaciones. En primer lugar el sujeto hablante o locutor es quien lleva a cabo cierta acción psíquica y fisiológica (uso de la voz, actividad de la mano) que conlleva la producción material de un enunciado. En segundo lugar ese sujeto hablante es el constituido por el enunciado a través de ciertos signos específicos, como la marca gramatical de la primera persona (“yo”). En tercer lugar el locutor o sujeto hablante es el origen y el “dueño” del punto de vista sobre el contenido representacional que queda expresado en el enunciado.

En varios de sus Ensayos de lingüística general (México, Siglo XXI, 1979; en particular el artículo llamado “El aparato formal de la enunciación”, volumen 2, pp. 82-91),  Émile Benveniste (Alepo, Siria, 1902-Francia, 1976) ha descripto el modo en que la subjetividad cobre forma en el lenguaje. De acuerdo con su reflexión, el hablante se apropia del código de la lengua y a través de esa apropiación se constituye como sujeto, como “yo”, y ordena el tiempo y el espacio y ubica a su interlocutor. “Es yo quien dice yo”, reza la célebre frase de Benveniste (foto). Ducrot describe de qué manera y hasta qué punto ese “sujeto” se expresa a partir y a través de otras “voces”.

Resulta evidente que cuando se toman ejemplos lingüísticos sencillos, propios de la vida cotidiana, las tres predicaciones anteriores se yuxtaponen, o al menos semejan hacerlo, en una misma “persona” (entidad), pero también es fácil advertir que basta considerar algunos casos igual de habituales para ver cómo el esquema del análisis de inmediato se complejiza.

Ducrot brinda el ejemplo de alguien que insulta a otro y ese segundo contesta: “Ah, soy un imbécil. Bueno ya vas a ver”, para indicar que la primera oración ya supone una complejización en cuanto a su pertenencia y a la costumbre habitual con que se toman “las palabras de otro” para construir un enunciado propio y darle respuesta.

Siguiendo el análisis ducrotiano, de lo que se trata es de “distinguir tres nociones habitualmente confundidas en la de ‘sujeto hablante’:

1- sujeto empírico,
2- locutor, y
3- enunciador”.

● El “sujeto empírico” es aquel que efectivamente ha dicho o redactado de manera “material” el enunciado, y que en muchas ocasiones es bien difícil de determinar (basta al respecto pensar en el impactante titular de un diario). La idea de que hay un ‘sentido del enunciado’ libera, de alguna manera, de la problemática del sujeto empírico.

● El locutor es aquel que, dado el sentido mismo del enunciado, aparece como el responsable de la enunciación. Queda claro que la distinción que se establece entre sujeto empírico y locutor se proyecta de manera paralela en la distinción receptor y alocutario.

● El enunciatario es aquel a quien, en un determinado momento del desarrollo del enunciado y con alguna intención, el locutor cita, le “cede” momentáneamente la palabra. Este enunciatario, o “locutor segundo”, arrastra sus propias marcas de enunciación y la direccionalidad hacia su propia destinatario, contexto lingúístico que será más o menos visible si se lo introduce de manera directa, indirecta o como mera alusión, dependerá de la extensión de la cita, etcétera.

A (sujeto empírico) trabaja en las oficinas de una empresa que vende electrodomésticos y debe enviar una carta a B (receptor “real”, quien tiene un nombre y apellido, un número de documento y un domicilio particular) para recordarle que adeuda dos cuotas del pago de su heladera. Acción que repetirá más tarde con una docena de clientes. Como es nuevo en el empleo, para no equivocarse copia una carta modelo que tiene pegada en la pared sobre el monitor de su computadora, y que comienza: “De nuestra mayor consideración: Por medio de la presente le recordamos que debe usted…”. Es claro que ese “nosotros” (la empresa) es un sujeto discursivo (locutor) diferente de quien efectivamente escribe, quien tampoco ha “elegido” el registro en el que redacta (formal, informativo, lleno de fórmulas burocráticas) y que esa carta no está dirigida hacia una cierta persona individual, sino hacia otra figura creada por el propio discurso (alocutario), y que el “usted” resulta aquí una fórmula apelativa general de cortesía que se repetirá infinitamente sin corresponde con un “usted” particular.

En el interior de un enunciado, el locutor (1) puede reproducir, de manera directa o no, los dichos de otro locutor (2), que se verá, pues, convertido en enunciatario, y cuya palabra quedará subordinada al contexto tramado por ese locutor primero. En una página escrita por Julio Verne puede leerse:

El globo se cernió por encima de las islas, a bastante distancia, como un escarabajo gigantesco. En aquel momento, Joe miraba el horizonte y volviéndose a Kennedy le dijo:
-Ahora sí, señor Dick, que vais a hacer un buen negocio.

(Cinco semanas en globo, Barcelona, Eurolíber, “Biblioteca juvenil”, pág. 140)

Es claro que el fragmento remite al escritor Verne como sujeto empírico y que sobre sus lectores reales poco se puede saber dado que se cuentan por millones desparramados por todo el planeta y a lo largo de más de un siglo. El locutor esté configurado como un típico narrador en tercera persona heterodiegético, omnisciente, que en las líneas citadas adopta el punto de vista general de los personajes que se elevan (es decir,  los artificios de la novela le permiten “mirar” Oceanía desde un lugar que Verne en carne y hueso jamás ocupó). Tal locutor imagina un alocutario al que se dirige y en función del cual traza ciertas estrategias (el desfile de objetos y geografías exóticas, los peligros que corren los protagonistas, retardamientos o aceleraciones en la historia con fines de énfasis semántico, misterios que deben resolverse, efectos de suspenso) para entusiasmarlo y convocarlo a que no abandone la lectura hasta el final. En un cierto momento, el narrador le da la palabra a uno de los personajes -en este caso Joe- que se convierte en enunciador y genera un enunciado propio (cuyas marcas lingüísticas, sus límites, son el verbo introductorio “decir”, los dos puntos y el guión de diálogo) dirigido a un enunciatario (Dick). Es evidente que el ida y vuelta comunicativo entre Joe y Dick está subordinado a la acción lingüística del narrador y, en general, al marco genérico mayor de la novela; una dominancia que se extenderá a la palabra de todos las conversaciones que los personajes entablen a lo largo del relato.

En su texto, Ducrot proporciona al respecto un ejemplo clásico de la literatura francesa, la comedia de Moliére Las mujeres sabias (o Las sabihondas). Explica:

En esta escena tenemos un personaje llamado  Chrysale, que tiene la desgracia de estar casado con una mujer llamada Philamente, sumamente autoritaria, a quien tiene mucho miedo. Por otro lado tiene una hermana, Bélise, a quien teme menos, pero que sostiene las mismas ideas de Philamente. Es decir, Chrysale quiere reprochar lo mismo a Philamente y a Bélise, pero a Bélise no le teme, mientras que a Philamente sí. En la escena en cuestión, Chrysale indica todo lo que a su juicio no es correcto en la forma de pensar y de actuar de las mujeres. Pero tiene la precaución de dirigir siempre sus reproches a Bélise. Cada tanto, Philamente, que comprende claramente que esos reproches le conciernen también a ella, trata de intervenir. En esos momentos Chrysale se vuelve hacia Bélise y dice: Pues es a vos, hermana, a quien se dirigen mis palabras.

Al hacer esto, Chrysale instituye en su discurso mismo a Bélise como alocutario y tiene el cuidado de que Philamente sea únicamente su oyente. El juego de los alocutarios, pues, está en su propio discurso y en él se constituye con una determinada (y dinámica, cambiante) estrategia.

La referencia a la obra de Móliere es oportuna, puesto que permite aquí enfatizar que esos artificios que el lenguaje alimenta a partir de la no coincidencia en uno de sujeto empírico, locutor y enunciador, se van a ver potenciados y explotados con una finalidad estética en el interior de la literatura (y del arte en general).


Escritor, narrador, centro de perspectiva

En Figuras III (Barcelona, Lumen, 1989), Gerard Genette (Francia, 1930) distingue entre escritor y narrador. El escritor es aquel que produce un poema, un cuento o una novela; Julio Cortázar, ciudadano argentino que viviendo en Francia hacia los años sesenta escribió un relato novedoso llamado Rayuela que vendió miles de ejemplares y lo hizo famoso. El narrador es una determinación interior a la literatura; esa particular perspectiva elegida por Cortázar para “contar de un cierto modo” las aventuras y reflexiones de la Maga y sus compañeros, y organizar los materiales diversos que convergen en Rayuela.

Genette asevera que uno y otro pueden distinguirse por una diferente “actitud psicológica”. El escritor imagina los acontecimientos, mientas que el narrador los cuenta sin haberlos creado. Hay finalmente una distinción fuerte entre uno y otro que puede detectarse en el uso de los verbos. El presente, el pasado y el futuro de la narración no pueden “medirse” en relación a la actualidad del escritor o el momento en que escribió su obra. Los tiempos gramaticales que vertebran una narración ponen en relación el tiempo del narrador con el de los acontecimientos, pero no con el “tiempo” del escritor.

Por otra parte, Genette dice que el narrador es quien habla en un relato, pero puede coincidir o no con el “centro de perspectiva” (o “punto de focalización”) dado por el que ve los hechos.

Después de citar la dualidad marcada por Genette, Ducrot concluye acentuando el paralelismo:

En síntesis, el locutor es un ser ficticio como el narrador de Genette, al que se le atribuye la responsabilidad de la narración, que puede ser totalmente diferente del sujeto empírico y puede ser múltiple aunque el sujeto empírico sea único.

A continuación, y trazando otro comparación, Ducrot (foto) explica que la semántica establece una distinción entre locutor y enunciador, análoga a la que Genette traza entre narrador y “punto de focalización”.

El lingüista galo toma para explicar su afirmación otro ejemplo literario:

(Al comienzo de La educación sentimental) Flaubert narra la partida de un barco que se dirige a París remontando el Sena. Flaubert comienza por describir todo lo que ocurre en el momento de la partida del barco, toda la actividad que hay en el muelle. Luego de esta descripción hay uno o dos enunciados en tres líneas de texto: Finalmente el barco partió y las dos riberas huyeron como dos cintas al desenrollarse.

En la primera parte del enunciado aparece un “finalmente” que no contiene sólo una indicación cronológica. Es obvio que antes de que el barco parta tiene que haber terminado la actividad previa a la partida. Debemos pensar que ese finalmente marca además un cierto sentimiento de alivio. Es el mismo finalmente que decimos después de esperar el ómnibus durante un largo rato.

El problema es el siguiente: ¿quién experimenta esta sensación de alivio en el momento en que parte el barco? No es ciertamente el narrador. A menos que supongamos que está muy cansado de describir la actividad previa a la partida. El narrador hace aparecer a alguien que se alivia en ese momento de la partida. Hace aparecer el punto de vista de alguien que siente alivio.

Por otra parte (…) a medida que el barco avanza (las dos riberas) empiezan a verse “como dos cintas al desenrollarse”.  De modo que el punto de vista presentado en este enunciado tiene que ser el de alguien que está en la popa.
En efecto, todo esto se confirma si seguimos leyendo el texto, pues inmediatamente después aparece un personaje, Frederick, que está situado precisamente en la popa del barco, mirando hacia el oeste, y tiene alguna razón para sentirse aliviado por la partida.

Más allá del ejemplo literario Ducrot sintetiza:

Cuando se formula un enunciado  se presentan distintas hablas y se atribuyen distintas enunciaciones a distintos sujetos. Debemos distinguir entre el sujeto responsable d las palabras y los enunciadores que expresan los distintos puntos de vista.

Las gramáticas suelen encuadrar las formas de aparición de la palabra citada dentro de este cuadro de posibilidades:

1)- Estilo (o discurso) directo: la reproducción literal de las palabras propias o ajenas, uso de marcadores lingüísticos que posibilitan distinguir claramente el discurso citante del discurso citado (verbo introductoria, dos puntos, comillas, raya de diálogo).
Mi hermano me dijo al salir “¡Suerte en el examen!”.

2)- Estilo (o discurso indirecto: la traducción de las marcas enunciativas (deícticas) del discurso citado hacia el discurso citante. Por lo tanto, se borran los marcadores lingüísticos que posibilitan distinguir claramente el discurso citante del discurso citado aunque permanece el verbo introductoria como señal.
Mi hermano me deseó al salir suerte en el examen.

3)- Estilo (o discurso) indirecto libre. En el medio de los dos anteriores y de frecuente uso literario, se alimenta de la ambigüedad comunicativa de no poder decidir con claridad si el contenido expresado pertenece al punto de vista del locutor (narrador) o de un personaje.
Se tocó el bolsillo. ¿Y el guante? Estaba seguro de que el destino había querido que se lo dejara junto al cadáver para que se hiciera justicia

Concepción Maldonado (en “Discurso directo y discurso indirecto”, en Bosque, Ignacio y Violeta Demonte, Gramática descriptiva de la lengua española, 3, Madrid, Espasa-Calpe, 1999, pp. 3548-3595; también en Discurso directo y discurso indirecto, Madrid, Taurus, 1991) suma algunas otras variantes, como:

4)- Estilo (o discurso) directo libre. Se introduce el discurso citado pero sin que ninguna marca posibilite distinguir claramente el discurso citante del discurso citado: es de uso frecuente en la literatura contemporánea.

5)- Estilo (o discurso) pseudo-directo. Herramienta habitual del discurso periodístico y de los manuales introductorios a alguna temática, se designa con este nombre al resumen de un texto a partir de la intercalación del discurso indirecto más otros fragmentos de estilo directo.

6)- Estilo (o discurso) indirecto mimético. La cita en estilo indirecto formas agramaticales u otras del tipo de las onomatopeyas o interjecciones.

Quizás puede agregarse aquí que la mezcla de voces no remite únicamente a los “sujetos que dicen” y puede ser detectada en muchos otros planos. Por ejemplo, si se encuentra el titular de un periódico deportivo que, para referirse de manera graciosa al abultado resultado con que un equipo de fútbol venció a otro, dice

A sometió a una inflación de goles a B,

Allí el fenómeno polifónico se establece a partir de la contaminación de dos registros diferentes. Es como si se hubiera cortado un  sustantivo de la sección de economía y se lo hubiera pegado en la de deportes para generar un cierto efecto semántico. Se trata de una muestra de ruptura isotópica. Lo mismo ocurriría si el traslado de las palabras se diera en un sentido inverso, y en las páginas destinadas a la economía se pudiera leer

El Merval viene perdiendo por goleada,

Aun cuando se debe aclarar que no se trata exclusivamente de una cuestión morfológica y que podría ser considerada en los otros niveles gramaticales.

En 1922, en el poema V de Trilce, César Vallejo (Perú, 1892-París, 1938) escribió:

Grupo dicotiledón. Oberturan
desde él petreles, propensiones de trinidad (…)
Ah grupo bicardíaco.

Y en el XII:

Chasquido de moscón que muere
a mitad de su vuelo y cae a tierra.
¿Qué dice ahora Newton?

La irrupción desafiante del discurso científico en el interior de la lírica, es una poderosa forma de contaminación lingüística que las vanguardias utilizaron como recurso habitual para redefinir la naturaleza misma de la poesía, los límites de la literatura y la categoría tradicional de lo “bello” asociada a la cuestión estética.

Las muy diferentes maneras que pueden de la alusión, la burla, la parodia, la ironía -tanto en los enunciados de la vida cotidiana como en las obras literarias- hacen que todo lista que se intente termine confesándose como incompleto.

La polifonía, en conclusión, puede estudiarse en planos y énfasis diversos que en muchos casos “están allí” y nutren la complejidad del sentido aunque no en la superficie inmediata que recoge el oído o la mirada. La polifonía dictamina que la pureza lingüística no existe.

De acuerdo a las aseveraciones de Mijail Bajtín en su polémica con la gramática tradicional y su modo de considerar este problema, enfrentamiento que en el fondo encierra perspectivas ideológicas contrarias:

Naturalmente, no todas las palabras ajenas transmitidas podrían ser introducidas –en caso de ser escritas- entre comillas. Un grado de aislamiento y de pureza de la palabra ajena que, en el habla escrita, precise comillas (según la intención del mismo hablante, de cómo determine él mismo ese grado), no es nada frecuente en el habla corriente.

El modelamiento del discurso sintáctico transmitido, no se agora en ningún caso con los clichés gramaticales del discurso directo e indirecto: los procedimientos para su introducción, su modelización y matización son muy variados. Eso es necesario tenerlo en cuenta para hacer una valoración justa de nuestra afirmación en cuanto a que no menos de la mitad de todas las palabras pronunciadas en la vida de cada día son de otro.

(Apartado “Capítulo II. La palabra en la poesía y la novela”, en Teoría y estética de la novela, Madrid, Taurus, “Humanidades”, 1989, pág. 156)

¿Menos de la mitad?, podría preguntarse alguien que quisiera seguir la retórica de la contabilidad. ¿Por qué no todas?


No hay comentarios:

Publicar un comentario