martes, 2 de junio de 2020

Duodécima clase teórica


Polifonía e intertextualidad en la literatura

1-Mijaíl Bajtín y su teoría del enunciado

A comienzos de la década del ochenta el crítico Tzvetan Todorov (Sofía, Bulgaria, 1939) publicó un libro ya clásico para considerar los cuestiones de la polifonía, en el interior principalmente del discurso literario, llamado Mijail Bajtin: el principio dialógico (París, Seuil, 1981). De acuerdo con su análisis Bajtín introduce una perspectiva propia y decisiva en la controversia presente dentro de las ciencias del lenguaje, especialmente fuerte durante los años veinte.

El enfrentamiento descansaba entre dos posiciones enfrentadas: por una parte, la crítica estilística, que se interesaba únicamente en los problemas relativos a la expresión individual, y, por otra parte, la emergente lingüística estructural (Saussure) centrada en el lenguaje. Bajtin apuesta justamente por hacer girar sus postulados en torno a la noción de enunciado (y la de género discursivo, que le es correlativa), pero oponiéndose, a un mismo tiempo, tanto a las creencias de los lingüistas como de los estilistas, que coincidían en considerar al enunciado como individual e infinitamente variable.

En su lugar, Bajtín parte por juzgar al enunciado lingüístico como el producto de la interacción de la lengua y el hábitat del enunciado, un contexto que se sigue de la historia y la estructura social.

Tal como señala Julia Kristeva en diversos momentos de su Semiótica inicial, donde buscará llevar las consecuencias de estas definiciones a la literatura, Bajtin es quien por primera vez propone un modelo “donde la estructura literaria no sólo existe, sino que es generada en relación a otra estructura”.

Si bien, como indica Todorov, se trata de una intervención en una polémica en los estudios del lenguaje, es bastante difícil sostener que existe un Bajtín que pueda encuadrarse de manera exclusiva dentro de disciplinas como la lingüística e incluso la teoría literaria. Como escribió Iris Zavala:

Significaría, sin duda, reducir la dimensión de su pensamiento si lo identificáramos con uno solo de sus intereses. Todo el universo de Bajtín se articula como respuesta a dos preguntas esenciales: una teoría del sujeto y una teoría del lenguaje. A partir de este mirador teórico, no sorprende que incorpore un vastísimo conocimiento de filosofía, historia, literatura, lingüística y otras ciencias no humanísticas, que refleja en parte la multitud de problemas en torno a la pluralidad individual y a la pluralidad discursiva.

(Bajtín y sus apócrifos, España, Anthropos, 1991, pág. 42)


Repasando la cuestión se puede decir que la crítica de Bajtín a las posiciones de Saussure se focaliza básicamente en el interés colocado por este último a la distinción entre lengua y palabra. En su Curso de lingüística general (1916; la traducción de Amado Alonso apareció en Buenos Aires, Losada, 1945) se puede encontrar la distinción entre la langue (lengua) como las reglas generales comunes a todos los hablantes de una lengua concreta (el lenguaje en su dimensión social) y la parole (habla), como el uso individual del lenguaje. El objeto de la lingüística para Saussure es la lengua, y es a esta idea de que el lenguaje debe ser analizado únicamente en tanto que sistema abstracto a la que Bajtin se opone. Como ya se subrayó, desarrolla una crítica simétrica a la noción de habla.

Entre un concepto y otro Bajtín dispone su noción de género discursivo, con la cual busca reunir al enunciado (o conjunto de enunciados) con la esfera específica de la vida social en la que la acción lingüística ha nacido y se realiza. El enunciado y el género discursivo son el depósito de lo “social concreto” del fenómeno de la lengua.

De acuerdo a Susana Onega Jaén (“Intertextualidad: conceptos tipos e implicaciones teóricas”, en Mercedes Bengochea y Ricardo Sola, eds., Intertextuality/intertextualidad, Madrid, Universidad de Alcalá, 1997, pp. 17-34) la propuesta de Bajtín considera que el uso del lenguaje por un individuo está condicionado por:

1)- el sometimiento a las reglas básicas del lenguaje (“como código que garantiza su comunicabilidad”), y

2)- “por la situación espacio-temporal e histórico-social en la que se encuentra”.

Estos tres componentes, “el individual, el discursivo y el ideológico”, dice Onega Jaén, convergen y establecen “un complejo diálogo en diferentes niveles de abstracción”, aquello que Bajtin denomina heteroglosia.

Como ha expuesto en diferentes escritos, para Bajtín la noción de un “lenguaje único” sólo está presente como fondo en los procesos históricos de unificación y centralización lingüística, donde puede observarse el resultado de la imposición de fuerzas centrípetas sobre la tendencia centrífuga del pluralismo, la variedad y la heterogeneidad. A la idea de un lenguaje único, monolingüe, que sería más bien el resultado de pugnas históricas, Bajtin opondrá su caracterización de la heteroglosia o plurilingüismo; es decir, esa diversidad que está siempre presente en su variedad y por lo tanto impide que pueda afirmarse que existe un “rostro auténtico, indiscutible, de la lengua”. La heterogeneidad y diversidad no queda suprimida en los procesos de unificación, puesto que al mismo tiempo que esta “centralización” ocurre, se desarrolla ininterrumpidamente el proceso de “descentralización y separación” del cual dan cuenta los diferentes “dialectos” y múltiples “registros” a través de los cuales se expresan los diferentes lenguajes ideológico-sociales pertenecientes a las clases y los sectores o grupos, los “profesionales”, las diversas generaciones, etc. Por esta razón, en lugar de estimar a la lengua como un sistema de normas abstracto, sería conveniente percibirla como un medio “saturado ideológicamente” y en “indisoluble relación con los procesos de centralización político-social”.

De esta manera, en el texto citado Todorov (foto) subraya es posible afirmar que la teoría del enunciado de Bajtin descansa entre los dos polos del habla y la lengua, se forma y sedimenta en su entrecruzamiento. A diferencia de lo que afirman los lingüistas tradicionales, que prefieren posar su mirada sobre la palabra y la oración, el enunciado debe ser la “unidad de análisis”, y en cada enunciado será posible reconocer tanto esta tendencia unificadora, centrípeta, como el plurilingüismo socio-histórico; las dos fuerzas que actúan en cualquier expresión de lenguaje y la presentan en tensión, viva, dinámica, en disputa, contradictoria. Un “plurilingüismo dialogizado”, juego vivo de la lengua, como escribió Todorov y puede leerse en el ensayo “La palabra en la novela” (escrito originalmente entre 1934 y 1935, y recogido en Bajtín, Mijail, Teoría y estética de la novela, ob. cit., pp. 77-236).

En ese mismo escrito Bajtín permite deducir que el enunciado es a la vez sincronía y diacronía, presente e historia, y en él se está contenida la sustancia de

el plurilingüismo dialogizante, anónimo y social como lenguaje, pero concreto, saturado de contenido y acentuado, en tanto que enunciado individual.
(ob. cit., pág. 90)

Es sólo formando parte de un contexto plural, dialógico, que un enunciado, una obra, un texto, pueden alcanzar su “significación estilística”.

Bajtín retoma la idea de “estilo”, ya fuertemente establecido como concepto a comienzos del siglo veinte, para darle otra orientación. El estilo lingüístico es “definido por su relación con otras réplicas de ese diálogo”; tiene a la vez un sentido de respuesta, de reacción a lo que ha sido dicho, pero también de anticipación a las posibles réplicas que han de producirse. No tiene sentido hablar de “estilo” fuera de este cuadro concreto de integración comunicativa. De esta manera, aquello que los estilistas sólo consideraban propio de los géneros retóricos, literarios, es generalizado por Bajtín a todos los discursos, los cuales (desde los más simples hasta los más complejos) están también orientados hacia el oyente y su respuesta.

Para Bajtin, un enunciado no se agota a sí mismo y en sí mismo no encuentra su objeto en una relación unívoca e inmediata, sino que lo hace atravesando una multivocidad. La palabra “hombre” no señala directamente una “porción” material, no, al moverse hacia su objeto el término entra en contacto y debe atravesar un conjunto de resonancias semántico-ideológicas que lo rodean como los anillos a Saturno. Así, en la pretensión de encontrar el objeto, encuentra otras muchas palabras que le devuelven un eco enriquecido.

Así describe Bajtín la consideración estandarizada del fenómeno del tratamiento de un tema por el lenguaje:

Según el pensamiento estilística tradicional, la palabra sólo se conoce a sí misma (es decir, su contexto), a su objeto, su expresión directa y su lenguaje unitario y único. (…) la palabra directa, orientada hacia el objeto, sólo encuentra la oposición del objeto mismo (su carácter inagotable, la característica de no poder ser expresado plenamente a través de la palabra), pero no  halla en su camino hacia el objeto la fundamental y variada resistencia de la palabra ajena. Nadie la entorpece y nadie la contesta.

(ob. cit., pp. 93-94)

Frente a ella levanta esta otra visión:

Pero ninguna palabra viva se opone de manera idéntica a su objeto: entre la palabra y el objeto, entre la palabra y el individuo que habla, existe el medio maleable, frecuentemente difícil de penetrar, de las demás palabras ajenas acerca del mismo objeto, sobre el mismo tema. Y la palabra puede invidualizarse y modelarse, desde el punto de vista estilístico, precisamente en el proceso de interacción viva con ese medio específico.

(ob. cit., pág 94)

Y subraya a continuación para apuntalar su conceptualización básica:

Porque toda palabra concreta (enunciado) encuentra siempre un objeto hacia el que orientarse condicionado ya, contestado, evaluado, envuelto en una bruma que lo enmascara; o, por el contrario, inmerso en la luz de las palabras ajenas que se han dicho acerca de él. El objeto está rodeado e impregnado de ideas generales, de puntos de vista, de valoraciones y acentos ajenos. La palabra orientada hacia su objeto entra en ese medio agitado y tenso (…).

(ob. cit., pág 94)

Es notable hasta qué punto pueden encontrarse afinidades entre estos dichos y las filosofía del idealista alemán Immanuel Kant (una de las lecturas de formación de Bajtín y su generación), así como con el semiótico estadounidense Charles Sanders Peirce, también gran lector de Kant y a quien Bajtín jamás conoció ni leyó.  Por otra parte es necesario destacar algunas frases contenidas en las citas anteriores.

Bajtín dice sobre la palabra ajena “difícil de penetrar”, donde pareciera estar haciendo referencia a los modos en que las significaciones sociales que flotan alrededor de las locuciones están, a la vez, absolutamente naturalizadas y mezcladas, y que tales significaciones son muy difíciles, sino imposibles, de precisar en cuanto a su origen o contexto “original”. El trabajo del estudioso de la lengua quizás encuentra allí un obstáculo, un tope, para dar cuenta del fenómeno que en los individuos se realiza de manera espontánea y en un plano inconsciente. Precisamente y en contrapartida, subraya también que la palabra “modelarse, desde el punto de vista estilístico, precisamente en el proceso de interacción viva”, es decir que allí donde la ciencia parece renguear, el arte encontrará su riqueza y demostrará versatilidad y talento en tanto y en cuanto sepa explotar esa potencialidad que alimenta a las palabras a través de napas subterráneas e ideológicas. Porque vale recordarlo una vez más, para Bajtín la lengua es depósito de la ideología social, los modos de “observar” lo real de una comunidad que el arte refracta de una manera particular:

Lo esencial para Medvedev/Bajtín es el carácter ideológico de todo uso lingüístico. Por eso, en su polémica con el formalismo, hace hincapié sobre todo en el carácter ideológico de la propia forma, en lo imprescindible del reconocimiento de la profunda plenitud semántica de cualquier elemento de una estructura artística, así como de la necesidad de resolver la oposición básica entre forma y contenido entendiendo ambos como elementos igualmente constitutivos de la unidad de la obra, y como fenómenos igualmente ideológicos, es decir, ligados indisolublemente a una visión de mundo,

según lo sintetiza  Iris Zabala (“Bajtín y sus apócrifos o en El-Nombre-del-Padre”, I. Zabala (coord..), Bajtín y sus apócrifos, Barcelona, Anthropos, 1996, pp. 131-148).

Lo interesante de la aproximación bajtiniana es que abre también la determinación de significación y del sentido “actual” en esa multiplicidad, el “plurilingüismo social”, la red compleja de relaciones, de valoraciones, de acentos ajenos, algunos más o menos próximos y otros muy distantes.

Cada género discursivo, cada conjunto de enunciados, cada esfera social, se comporta de manera diferente frente a ese tejido que se extiende en todas las direcciones con la finalidad de que una práctica comunicativa específica se complete. La literatura saca partido a su manera de ese universo vasto.

El enunciado contiene en sí esas tensiones y diferencias propias del plurilingüismo. Por ello Bajtín remarca algunas conclusiones generales que se toca con las nociones de “sistema” e “integración dinámica” sostenidas por los formalistas rusos, como Roman Jakobson e Iuri Tinianov principalmente, y que obligarán a tentar ciertos principios teórico-metodológicos que ya forman parte de la caja de herramientas de toda la teoría literaria actual. Dice Bajtín en el final de “El problema de los géneros discursivos”, uno de sus ensayos fundamentales escrito originalmente a comienzos de la década del cincuenta:

Cuando se analiza una oración aislada de su contexto, las huellas del carácter destinado y de la influencia de la respuesta prefigurada, los ecos dialógicas producidos por los enunciados ajenos anteriores, el rastro debilitado del cambio de los sujetos discursivos que habían marcado por dentro el enunciado –todo ello se borra, se pierde, porque es ajeno a la oración como unidad de la lengua. Todos estos fenómenos están relacionados con la totalidad del enunciado, y donde esta totalidad sale de la visión del analista, allí mismo dejan de existir para éste. En esto consiste una de las causas de aquella estrechez de la estilística tradicional que ya hemos señalado. El análisis estilístico que abarca todas las facetas del estilo es posible tan sólo como análisis de la totalidad del enunciado y únicamente dentro de aquella cadena de la comunicación discursiva cuyo eslabón inseparable representa este enunciado.

(“El problema de los géneros discursivos”, en Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI, 1982, pág. 290. El subrayado es nuestro.)

Pueden enlistarse los siguientes postulados-guía para el trabajo de la crítica y el análisis literarios:

1-      La literatura es una “cadena de la comunicación discursiva” particular entre las muchas que constituyen el intercambio y la interacción social,
2-      estudiar sus particularidades es estudiar las particularidades de los enunciados que la constituyen,
3-      los enunciados de la comunicación literaria, como cualquier enunciado sólo puede ser “comprendido” si se lo estudia en su totalidad,
4-      teniendo en cuenta que los enunciados encuentran sus límites con el “cambio” entre los interlocutores, las “totalidades”, los verdaderos enunciados, de la comunicación literaria son las obras completas (el cambio de interlocutores significa en esta esfera de la vida social que la escritura ha concluido y ahora es el turno de la lectura y el comentario),
5-      las obras particulares han decantado históricamente en conjunto de enunciados típicos que, en el universo de la literatura, se identifican con los comúnmente llamados “géneros literarios”, como la novela o la epopeya,
6-      los géneros literarios son, para Bajtín, géneros discursivos complejos o secundarios, propios de las sociedades desarrolladas y propios también de la escritura,
7-      los géneros discursivos secundarios se caracterizan por englobar y resignificar los géneros discursivos primarios, propios de la oralidad y de los intercambios cotidianos más primitivos, como una conversación o el intercambio de saludos, y contienen en sí las valoraciones (ideología) con que las comunidades juzgan el mundo,

y es por este camino mediado que la literatura se relaciona con la vida de los hombres.

Por otra parte, si existe una consideración básica en la teoría del enunciado de Bajtín, ésta es su noción de dialogicidad; todo enunciado es enunciado por alguien y dirigido hacia alguien. Ese sentido de direccionalidad doble, hacia el objeto (tema, contenido) y hacia el destinatario (oyente, lector)  es lo que dota en definitiva de significación a las palabras, pues es allí donde funda su intención; en su relacionalidad reconoce todo un contexto situacional, así como las múltiples voces que pueblan una emisión. De allí que el tercer elemento considerado en la triangulación enunciativa -las personas que emplean efectivamente el lenguaje, en este “aquí y ahora”- lleva a discutir la particular definición de autor que debe ser considerada. Porque tal sujeto, en tanto “autor”, no es posible estimarlo ni como simple individuo  ni como mero “locutor”, soporte de un discurso.

Su posición dentro del proceso comunicativo señalado, corresponde pues a una “biografía” de los discursos sociales, concebida como una multiplicidad “localizada”. O sea, una experiencia de vida producida en un contexto socio-histórico específico, y que, contextualizada, carga consigo, en la forma de su realización enunciativa craga las cicatrices de la experiencia colectiva.

Es en esta dirección que Ian Burkitt (“The Death and Rebirth of the Author: The Bakhtin Circle and Bourdieu on Individuality, Language and Revolution”, en Michael Mayerfeld Bell y Michael Gardner, eds., Bakhtin and the Human Sciences, Londres, Sage, 1998, pp. 163-180) explica hasta qué punto las consecuencia de la idea de enunciado, de género discurso y polifonía suponen la muerte de la noción tradicional y, en todo caso, su renacimiento en otro cuerpo categorial bien diferente. Si bien es cierto que ni Bajtín ni su “Círculo” predicaron jamás la forma radical de la “muerte del sujeto” y, extensivamente, la “muerte del autor” que emergería con las corrientes posestructuralistas, de algún modo las anticipa y dejó la herencia de algunos argumentos decisivos a sus descendientes. Como punto de divergencia central quizá sirva aquí señalar que en el posestructuralismo y la teoría de la deconstrucción la idea de “muerte” está enraizada fuertemente en un saber psicoanalítico, mientras que los “bajtinianos”, como demuestra, por ejemplo, el ensayo Freudismo. Un bosquejo crítico, publicado en 1927 en Moscú con la firma de Valentin N. Voloshinov (Rusia, 1895-1936), se muestran desde el inicio críticos de la teorización psicológica.
En el mismo texto citado anteriormente Bajtín escribió:

Todo enunciado es un eslabón en la cadena de la comunicación discursiva, viene a ser una postura activa del hablante  dentro de una u otra esfera de objetos y sentidos. Por eso cada enunciado se caracteriza ante todo por su contenido determinado referido a objetos y sentidos. La selección de recursos lingüísticos y del género discursivo se define ante todo por el compromiso o intención que adopta un sujeto discursivo o autor dentro de cierta esfera de sentidos. Es el primer aspecto del enunciado que fija sus detalles específicos de composición y estilo.

(“El problema…”, ob. cit., pág. 274)

Se sigue del subrayado en la cita que no se puede sin más imputar a la doctrina bajtiniana su adscripción a quienes postulan la disolución definitiva de la noción de sujeto.

A manera de resumen sobre este punto podría decirse que Bajtin permite reintroducir una noción de autor basada en una identidad descentrada. Es decir, la “puesta en cuerpo”, a un mismo tiempo y en un mismo punto, de una perspectiva individual, que es el producto de relación dialógica con los contextos, y un sentido de experiencia colectiva. El autor no es una mónada, es el resultado de las múltiples conexiones que son pasibles de realización en un espacio existencial.

Esta inflexión que recoge la multiplicidad de los textos, las voces, las ideologías y las experiencias de vida y los funde y potencia en el caldero de su convergencia, parece alimentar la conexión entre los postulados de Bajtin y la teoría contemporánea de la intertextualidad.

El hecho también explica la fascinación con que la “nueva crítica” europea volvió a relatos de Jorge Luis Borges como “Pierre Menard, autor del Quijote” para leer en:

un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste

la metáfora de esa cadena infinita de enunciados literarios, de autores, obras, temas y personajes, discursos reales y fantasiosos, donde la palabra “origen” cesa de significar. O en

Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura.

(Ficciones, Buenos Aires, Emecé, 1944),

Donde simbólicamente se funden las acciones de escribir y leer; finalmente escritor y lector son lo mismo, uno, ¿qué pueden querer decir, entonces, repetidas palabras  como “autor” o “estilo”?

Por otra parte puede agregarse que, más allá, por supuesto, de la voluntad e intención del propio Bajtín, la contraposición dialógico/monológico, o polifónico/monofónico, se convirtieron en algunos artistas y teóricos en los términos antagónicos que posibilitarían (como si en los extremos del arco pudieran inscribirse los signos ┼ y ─) la constitución de un parámetro valorativo, es decir una poética.


2. Texto/intertexto

En diversos escritos y reportajes el escritor francés Roland Barthes (Cherburgo, Francia, 1915-París, 1980), refiriéndose al ámbito de la enseñanza de la literatura y el diseño de una metodología para la labor de análisis de los textos literarios, ha enfrentado la forma expositiva de la conferencia con la del seminario. La primera, sostenía ya a comienzos de la década del sesenta, aquella que siempre quiso evitar, encierra la paradoja de poseer a la vez la fuerza y la debilidad del discurso único; la segunda se abre hacia sus destinatarios, los estudiantes concurrentes, se construye en el ida y vuelta con esos otros. Para no pecar de ingenuidad, Barthes subraya  que ese otro, el que posibilita el despliegue dialéctico, es un otro no necesariamente “real”, es decir, necesita  considerarse en un nivel diferente. No es otro que necesariamente “participe” como en un intercambio dialogal cotidiano o deba ser pensado, a partir de una falsa impostación “democrática”, una demagogia, como un igual que el profesor que ha diseñado el programa, elegido un tema y una bibliografía, más tarde será el encargado de la evaluación, etcétera. Se trata, en todo caso, de un otro simbólico, una necesidad para que el discurso se abra, corrija, tache, mezcle, divague y derive, participe de una lógica diferente.

Esta naturaleza es la que, según su propia reflexión, está en el origen de algunas de sus -ya en la forma de libro- más famosas y reconocidas clases. El seminario que dictó entre los años que van de 1962 a 1964 versó sobre “Sistemas contemporáneos de significaciones: sistemas de objetos”, y fue recogido principalmente en sus Elementos de semiología (que apareció originalmente en el número cuatro de la revista Communications); el de 1964-1966 estuvo destinado a investigar la retórica clásica y se “tradujo” en la escritura de Investigaciones retóricas. La antigua retórica: ayuda-memoria (número 16 de Communications). Aunque el más renombrado quizás sea el programa de 1968-1969: “Análisis estructural de un texto narrativo, el Sarrasine de Balzac”, que se convertiría en el célebre S/Z.

En el resultado de estas reuniones en la Escuela Práctica de Estudios Superiores parisina, confesó Barthes, es donde se puede observar de manera más clara y evidente esos datos que alimentan las diferencias entre el diálogo que constituye el quehacer analítico e interpretativo de un  texto literario y el monólogo de la conferencia. En la dedicatoria Barthes agradece y dedica S/Z a los “estudiantes, oyentes y amigos”; al respecto ha dicho:

Algunos han creído que S/Z había surgido de discusiones entre los estudiantes y el director de estudios (…) la liberación no consiste en dar al estudiante derecho a hablar (medida mínima) sino en intentar modificar el circuito de la palabra (…); dicho de otra forma, hacerse consciente de la verdadera dialéctica de la relación enseñante; según esta dialéctica, la escucha no es sólo activa -lo que no quiere decir una gran cosa- la escucha es productora. (…) aunque fuera en silencio (…) el auditorio, a quien estaba ligado por una relación transferencial, modificaba sin cesar mi propio discurso.

(“Respuestas. Entrevista de Jean Thibaudeau a Roland Barthes”, en Barthes, Roland, ¿Por dónde empezar?, Barcelona, Tusquets,
 “Cuadernos ínfimos”/55, 1974, pág. 46, traducción de Francisco Llinás)

El propio Barthes señala que tanto “dialéctica” como “transferencia” deben ser entendidos en el sentido que Jacques Lacan les da, referencia que posibilita la primera conclusión que aquí se intenta resaltar: desde el punto de vista de la utilización que han tenido por parte de la teoría y la crítica literarias desde fines de la década del sesenta, términos como “diálogo” van mucho más allá del límite estrecho de su consignación lingüística. Se abren al campo multidisciplinario de las ciencias sociales contemporáneas, cuestionadas, revisadas y remozadas a partir de la segunda posguerra, es decir más o menos cuando Barthes, así como otros muchos intelectuales pertenecientes a su misma generación, comienzan a difundir sus puntos de vista sobre el arte y la cultura.

Tal apreciación colocará, junto a la lingüística y en debate crítica con ella y entre sí, a la antropología, la sociología, el psicoanálisis y el marxismo (Barthes es el ejemplo perfecto de esta afirmación).

Y aun cuando se discuta si se trata de verdaderos conceptos, claros y precisos en su definición, integrados claramente a leyes generales y un cuadro teórico mayor, o más bien se evidencian como metáforas prácticas y eficaces, en cualquiera de los dos casos la aseveración anterior se mantiene.

Barthes explica que la noción de inter-texto tiene en primer lugar un alcance polémico, en tanto es una arma teórica para combatir lo que el autor de las Mitologías llama la ley del contexto. El entorno material o contexto de un mensaje lingüístico tiene por función la reducción de la polisemia y posibilita evitar que los malos entendidos abunden en la vida cotidiana. Da como ejemplo la palabra “gemelos” (significante que en francés al igual que en castellano conduce a significados diferentes) y muestra como el resto de la frase en la que aparece tiene por función indicar si se debe entender el vocablo como “anteojos dobles” o “hermanos nacidos de un mismo parto”. O sea que, en última instancia, la significación y la comunicación se apoyan y nacen del contexto. Así, la orden tradicional de la ciencia lingüística, filológica y crítica enfatiza que se debe tener en cuenta el contexto. En suma, dice Barthes, con la consideración del contexto se asume la actitud positiva, reductora, legal y alienada propia del racionalismo.

El contexto ofrece resistencia a la actividad simbólica; es una “asimbolia”. Al revés, explica:

En inter-texto, que no es, en modo alguno, hay que repetirlo, el banco de las “influencias”, de las “fuentes”, de los “orígenes”, al que se obligaría a comparecer una obra, un autor, es mucho más ampliamente y en un nivel muy distinto, ese campo en el que se realiza lo que Sollers ha llamado, de forma soberbia e indeleble en su artículo sobre Dante la travesía de la escritura: es el texto en tanto que atraviesa y es atravesado (reconocerán en esta equivalencia del activo y el pasivo la palabra propia del inconsciente).

(ob. cit., pp. 47-49)

 El artículo al que Barthes hace mención se llama “Dante et la traversée de l’écriture” (“Dante y la travesía de la escritura”,  en Tel Quel, París, 1965. Traducido al español como La escritura y la experiencia de los límites, Valencia, Pre-textos, 1978), pertenece a Philippe Sollers (su verdadero nombre es Philippe Joyaux y es uno de los fundadores de la influyente revista Tel Quel en 1960. Francia, 1936) y puede ser considerado un primer “modelo” del análisis textual a partir de las categorías de origen bajtiniano, aunque, como se puede intuir, tomadas de una manera libre. Sollers escribió:

Con Stepháne Mallarmé la pregunta “Pienso, luego existo” se convierte en, por así decir,  “escribo, luego pienso en la pregunta ¿quién soy yo?”. (…) O (…), ¿quién es ése luego de la frase “pienso luego existo”?

(“Literatura y totalidad”, ob. cit., pp. 69-90)

La intertextualidad, en consecuencia, lejos de ser analizada de manera exclusiva como un conjunto de operaciones sobre los materiales lingüísticos, trae obligadamente una reconsideración de la idea de sujeto y los modos de organización (la Ley) de los sistemas culturales y artísticos (discursivos en general). De acuerdo con la reflexión barthesiana:

(…) el inter-texto no reconoce ninguna división de géneros. (…) No resulta falso, pues, que S/Z es una re-escritura de Sarrasine, a condición de añadir inmediatamente que no soy “yo” quien ha escrito S/Z: somos “nosotros”: todos aquellos a quienes, tácita o inconcientemente he citado, llamado, y que son lecturas, no “autores”. 

(Barthes, R., ob.cit, pág. 48)

Si inter-texto ataca la noción de sujeto, y de autor, y de obra, y de género, y de escritor, y de lector…, pues bien, queda claro que detrás del concepto (palabra clave, contraseña), se esconde un programa completo para refundar desde cero la teoría de la literatura.

Toda “nueva ola” generacional, se sabe, revisa de inmediato la historia y los antepasados, con la finalidad de nutrir lo nuevo con una tradición desviada, diferente y ajena a la que, hasta ayer nomás, ha postulado como única y natural el saber hegemónico, institucional.

Es conocida por demás, en este sentido, el “descubrimiento” de la corriente del formalismo ruso y la Escuela de Praga por parte de los jóvenes estructuralistas. En lo que respecta a los temas centrales de este escrito, la polifonía y la intertextualidad, rápidamente se sumara a ese árbol genealógico de firme crecimiento a Mijail Bajtín.


Julia Kristeva (Sliven, Bulgaria, 1941): la teoría de la intertextualidad

El desarrollo y la difusión del concepto de intertextualidad se asocia a Tel Quel, revista especializada francesa que comenzó a editarse en 1962 y cerró en 1982. En sus páginas se recogieron importantes ensayos de artículos de Barthes, Michel Foucault, Maurice Blanchot, Jacques Derrida, Umberto Eco, Todorov, Francis Ponge, el cubano Severo Sarduy y muchos otros. Según el episodio que constituye ya una leyenda universitaria, fue Julia Kristeva -habitual colaboradora de la revista, y esposa de uno de sus fundadores, Philippe Sollers- quien, en un seminario de los años 1966 y 1967, comenzó a difundir la teoría bajtiniana para dar cuenta de las nociones de texto e intertexto y de dialogismo.

Concretamente, intertextualidad es una derivación emprendida por Kristeva  a partir del concepto de dialogismo de Bajtín; lo “fijó” por vez primera en su artículo “Bajtín, la palabra, el diálogo y la novela”, aparecido en el número 239 de la revista francesa Critique: una reseña crítica de dos libros de Bajtín, Problemas de la poética de Dostoievski (1963) y La obra de Francois Rabelais (1965).

Leyendo y laborando sobre las nociones bajtinianas Kristeva afirma tajantemente que todo texto se construye como un mosaico de citas; la definición empuja al reconocimiento de la intertextualidad como raíz de toda obra literaria, más allá de que tal realidad sea más evidente en un caso que en otro. "Todo texto es la absorción o transformación de otro texto", escribió:

 la palabra (el texto) es un cruce de palabras (de textos) en que se lee al menos otra palabra (texto). En Bajtín, además, esos dos ejes, que denomina respectivamente diálogo y ambivalencia, no aparecen claramente diferenciados. Pero esta falta de rigor es más bien un descubrimiento que Bajtín es el primero en introducir en la teoría literaria: todo texto se construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto. En lugar de la noción de intersubjetividad se instala la de intertextualidad, y el lenguaje poético se lee al menos como doble.

(“Bajtín, la palabra, el diálogo y la novela”,
en Semiótica 1, Madrid, Fundamentos, 1981, pág. 190 y ss.)

El ensayo de Kristeva muestra claramente que la teoría del pensador ruso le permite distanciarse de las versiones “aplicativas” del estructuralismo y darle una dinámica mayor -incluso tentar las contradicciones- de buena parte del aparato teórico metodológica que la llamada nouvelle critique a veces enceguecida por, de acuerdo a con la ironía barthesiana, por la “soberbia del metalenguaje. Afirma Kristeva:

Bajtín es uno de los primeros en reemplazar  el tratamiento estadístico de los textos por un modelo en que la estructura literaria no está, sino que se elabora con relación a otra estructura. Esta dinamización del estructuralismo no resulta posible más que a partir de una concepción según la cual la “palabra literaria” no es un punto (un sentido fijo), sino un cruce de superficies  textuales, un diálogo de varias escrituras.

El término y sus consecuencias rápidamente fueron aceptados por otros estudiosos de la literatura cercanos a Kristeva. Si se releen las obras de los principales autores de la época, inmediatamente anteriores y posteriores al momento en que Kristeva lo acuña definitivamente, se puede percibir que el concepto de alguna manera ya “estaba en el aire”, y por eso se acopla tan rápida y eficazmente al quehacer generacional.

Pocos meses después Barthes escribió, casi como una consigna Todo texto es un intertexto, y explicaba:

Hay otros textos presentes en él, en distintos niveles y en formas más o menos reconocibles: los textos de la cultura anterior y los de la cultura contemporánea. Todo texto es un tejido realizado a partir de citas anteriores.
La intertextualidad, condición indispensable de todo texto, sea cual sea, no puede reducirse evidentemente a un problema de fuentes o influencias. El intertexto es un campo general de fórmulas anónimas de origen  raramente localizable, de citas inconscientes o automáticas que van entre comillas. Epistemológicamente, el concepto de intertexto es el que proporciona a la teoría del texto el espacio de lo social: es la totalidad del lenguaje anterior y contemporáneo invadiendo el texto, no según los senderos de una filiación localizable, de una imitación voluntaria, sino de una diseminación, imagen que, a su vez, asegura al texto, el estatuto de “productividad” y no de simple “reproducción”

(Barthes, Roland, “Texte (théorie du)”, en Enciclopedia Universalis, XV, París, 1968, pág. 1015, definición recogida en Claudio Guillén, Entre lo uno y lo diverso, Barcelona, Crítica, 1985, pág. 312)
  
En una entrevista a Kristeva realizada por Armen Avanessian y Lucas Degrya, que lleva por título “La locura, la revuelta y la extranjería” (en Signos filosóficos, n. 7, México, UNAM, enero-junio de 2002, pp. 279-294) es posible ver la distancia que hay entre la versión “original”, bajtiniana, del intertexto y la polifonía y el “giro posestructuralista” aplicado a la misma. Kristeva afirma:

La obra de Bajtín se presentó como un rechazo del formalismo pero, más profundamente, tiene usted razón: la he recibido como una manera de evadir las dicotomías metafísicas que, por ejemplo, se establecen entre lo normal y lo patológico, la locura y la racionalidad, y de considerar prácticas de discurso que tienen en cuenta lo que la norma considera como locura, dándole a éstas una expresión que viene a renovar a la retórica y al lazo social mismo. Es así que la locura, con todas las comillas que desee, es considerada por Bajtín en la escena del carnaval como un pretexto para cambiar el discurso de la opinión y hacer intervenir lo que Sigmund Freud llamara el inconsciente, para Bajtín, el cuerpo. A partir de ahí, Bajtín considera que la vocación de la novela es retomar esta retórica de la locura tal como el carnaval la presenta, para devenir un discurso que disemina la locura en un género codificado, el género europeo por excelencia, la novela.

Y agrega a continuación:

En esa época no me interesaba tanto en el psicoanálisis como en Bajtín, que ha sido hostil a este desarrollo; en este sentido, por ejemplo, bajo el nombre de Medvedev -que se supone fue uno de sus discípulos- y muy influenciado por él -aunque se piensa ahora que es Medvedev quien sería el autor y no Bajtín- ha escrito un panfleto virulento contra el psicoanálisis, lo que evidentemente lo sitúa en las antípodas de mis intereses ulteriores.

Gerard Genette describe en sus Palimpsestos. La literatura en segundo grado (Madrid, Taurus, 1989) da cuenta de cinco relaciones transtextuales. La intertextualidad, la primera de ellas, es definida como:

una relación de copresencia entre dos o más textos, es decir, eidéticamente y frecuentemente, como la presencia efectiva de un texto en otro. Su forma más explícita y literal es la cita (con comillas, con o sin referencia precisa)...el plagio, que es una copia no declarada pero literal... la alusión, es decir, un enunciado cuya plena comprensión supone la percepción de su relación con otro enunciado al que remite necesariamente tal o cual de sus inflexiones, no perceptible de otro modo.

El término palimpsesto proviene del griego antiguo (παλίμψηστον) y su significado original es el de “grabado nuevamente”, y refiere al manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, y que borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe. Se trata de una práctica, por lo general con fines de contabilidad,  al parecer ancestral pero que se tornó muy frecuente a lo largo del siglo VII por las dificultades que ofrecía el comercio del papiro egipcio y se extendió luego a los cinco siglos siguientes por la escasez del pergamino, cuando el papel apenas se conocía. (Es posible leer hoy muchas importantes obras o fragmentos dado que se ha conseguido restaurar la escritura contenida de los palimpsestos con técnicas especiales y gracias a sustancias químicas como el sulfidrato de amoníaco.) Con el tiempo palimpsesto fue adquiriendo un uso figurado o metafórico entre los retóricos. La noción fue reformulada por Gerard Genette en el intento por ilustrar de qué manera y hasta qué punto en todo texto resuena el eco de un texto anterior, de modo tal que toda escritura es siempre “coral”, ofrece la resonancia de otras voces. En tanto construcción discursiva, el palimpsesto se reconoce como un híbrido, pues, dice Genette,

entrelaza simultáneamente dos tiempos, dos voces, dos contenidos, dos espacios y, por ende, dos culturas que pueden ser muy diferentes. Da cuenta de la tensión entre lo pasado y lo presente, la historia memoria y lo actual, donde “lo anterior” surge y se devela.

Para este investigador la intertextualidad es una forma particular de la transtextualidad, que es el concepto englobante que ha preferido utilizar para dar cuenta del conjunto que reúne todas las formas posibles de las relaciones entre los textos. Es decir que usa transtextualidad en el sentido en que otros autores utilizan intertextualidad.

De acuerdo con  Genette entre las múltiples maneras en que los textos se vinculan deberían al menos distinguirse:

1. Intratextualidad. La relación de un texto con otros escritos por el mismo
autor. A la manera en que se suele decir que Juan Carlos Onetti construye en sus relatos un “mundo propio”, Santa María, con una historia, una geografía y unos habitantes a los que sus diversas narraciones vuelven una y otra vez desde perspectivas diversas, como si pretendieran ir dando cuenta de los diversos capítulos de un texto único, que el habitué de la lectura del artista uruguayo vive cada nueva lectura con una particular complicidad en relación a lo que “ya sabe”.

2. Extratextualidad. La relación de un texto con otros no escritos por el mismo autor. La novela de Osvaldo Soriano A sus plantas rendido un león remite clara y enfáticamente al Himno Nacional argentino, así como No habrá más penas ni olvido tiene por referencia el tango “Mi Buenos Aires querido”.

3. Intermedialidad. La relación semiológica entre un texto literario y otras artes (pintura, música, cine, etcétera). La corriente vanguardista que integraba el ruso Vladimiro Maiacovsky gustaba llamarse “futurismo cubista”, puesto que uno de los recursos más utilizados en su lírica era la “fusión” de objetos, a la manera en que el cubismo de Pablo Picasso y Georges Braque lo había desarrollado en las artes plásticas.

4. Metatextualidad. La relación crítica o de “comentario” que tiene un texto sobre otro. La reseña que esta semana publica el diario La Nación en su revista ADN Culturl, de una novela recién aparecida.

5. Paratextualidad. La relación de un texto con otros textos de su periferia de lectura, como títulos, subtítulos, prólogos, contratapas, su pertenencia a colecciones y editoriales determinadas, etcétera-. La solapa y la contratapa del libro que acabamos de tomar de la mesa de saldos de una librería y cuya lectura posiblemente convoque o no nuestro interés y decida o no la compra.

6. Arquitextualidad. La relación de un texto, en función de sus características comunes con otros textos, que posibilita vincularlo a un cierto género literario, subgénero o clase de texto, y que determina una expectativa de producción y lectura bien codificadas por esa matriz genérica. El architexto, entonces, es el conjunto de las categorías generales o trascendentes a las que pertenece cada texto singular, del tipo de los géneros literarios, modos del discurso, etcétera.

7. Hipertextualidad. “La  relación -dice Genette- que une un texto B (que llamaré hipertexto) a un texto anterior A (que llamaré hipotexto) en el que se inserta de una manera que no es la del comentario.”

8. Hipotextualidad. Es decir que un episodio de Odisea es el hipotexto que está detrás (o debajo, o “antes”) del cuento-hipertexto “Circe” de Julio Cortázar; el mismo tipo de vínculo que establece  el Martín Fierro de José Hernández (hipotexto) con el conocido cuento “El fin”, de Borges, su “continuación” y cierre, su realización hipertextual.

En definitiva, para Genette el objeto de estudio privilegiado de la teoría literaria debe ser la transtextualidad, o sea la “transcendencia textual” del texto.

Michel Riffaterre (Francia, 1924-2006) considera la intertextualidad más desde el punto de vista de su percepción: es en definitiva el lector quien establece la relación entre una obra y otras que la preceden y/o son sus contemporáneas:

La intertextualidad es la percepción por el lector de relaciones entre una obra y otras que la han precedido o seguido.  Estas otras obras constituyen el intertexto de la primera…

(“La trace de l’intertexte,”, en  La Pensé, n. 215, París,  1980)
Por otra parte, Riffaterre hace una distinción entre la

1)- intertextualidad aleatoria. Aquella que surge del “juego que el lector establece entre el texto que lee y los textos que le son conocidos, y
2)- intertextualidad obligatoria. Ésta respondería al hipograma o intertexto nuclear, que remite a la matriz básica de la obra y está presupuesta en su lectura.

Vale la pena agregar aquí que la reflexión de Riffaterre está asociada a su “versión de la silepsis. Dentro del vocabulario clásico de la retórica, la silepsis, es un figura de omisión; una realización del zeugma: artificio verbal que consiste en la supresión de un elemento que rige unidades diversas desde el punto de vista semántico o sintáctico. Por ejemplo, “Jorge Luis Borges ha escrito muchos relatos, poemas y ensayos, ninguna novela y varios cuadros"). A partir de esta idea Riffaterre funda su silepsis intertextual como categoría para pensar el fenómeno literario, es decir el intento de orientar el fenómeno intertextual hacia la actividad productiva, “llenadora”, de la lectura (y el lector) (así un texto sería un conjunto de presuposiciones de otros textos que obligaría a quien lee a una acción integradora y hermenéutica; cfr.“Semiótica intertextual: el interpretante” y “La silepsis intertextual”, en Navarro, Desiderio (ed.), Intertextualité. Francia en el origen de un término y el desarrollo de un concepto, La Habana, Casa de las Américas, 1997, pp. 146-162 y 163-169),  pero con un énfasis más atenuado, menos “radical”, que el que los posestructuralistas y deconstruccionistas trajeron consigo.

En el mentado Palimpsestos, Genette crítica la definición que de intertextualidad que ofrece Riffaterre, precisamente porque ésta incluye todos los casos de transtextualidad. Argumenta que:

las relaciones estudiadas por Riffaterre pertenecen siempre al orden de las microestructuras semántico-estilísticas, al nivel de la frase o del fragmento breve, generalmente poético. La huella intertextual, según Riffaterre, es más bien (como la alusión) del orden de la figura puntal, del detalle, antes que de la obra estudiada en su estructura de conjunto.

Así la intertextualidad se volvería un concepto demasiado amplio y por lo tanto poco operativo. A la inversa, podría observársele  Genette, como hacen otros especialistas, que darle al término una acepción tan “particularizada” no permite aplicarlo más allá que en casos muy determinados, si se quiere aquellos ejemplos que el propio Genette aporta y que cada quien podría multiplicar. Quizá lo más correcto sería hablar de distintos tipos de relación intertextual.

Por su parte Lucien Dällenbach (“Intertexte et autotexte”, en Poetique, n. 26, París, 1976), retoma el enfoque de Jean Ricardou, que en un estudio presentado en 1974 propone establecer la diferencia entre:

1)- una intertextualidad general, y
2)- una intertextualidad limitada.

En 1971, Ricardou había subrayado la distinción entre:

1)- intertextualidad externa: la influencia de un texto en otro texto; y
2)- intertextualidad interna: la influencia de un texto “en sí mismo”.

Siguiente este derrotero, Dällenbach propone reconocer tres tipos de intertextualidad:

1)- intertextualidad general (entre distintos autores),
2)- intertextualidad restringida (entre distintos textos de un mismo autor); y
3)- intertextualidad autosuficiente (autarcique) (dentro de un solo texto).

Como puede observarse, las “variaciones” sobre el inter-texto que proponen los autores en muchos casos son de difícil distinción entre unas y otras, y en muchos casos resultan derivaciones de las dificultades concretas con que deben enfrentarse al trabajar en el análisis de un texto o un corpus concreto.

Conclusiones

Del mismo modo que se señaló en la primera parte con respecto a la polifonía, también es difícil enlistar todas las formas posibles de la intertextualidad. Bastaría que se hiciera un listado de este tipo para que de inmediato extraiga del cuento o la novela que está leyendo algún ejemplo que no encaje con las definiciones clasificadas. La observación apunta a subrayar la riqueza del concepto y a marcar el derrotero de un camino del análisis y la reflexión que sólo puede ir llenándose a partir de la contrastación empírica. Según lo afirmó Bajtín teniendo en mente un género particular:

La confrontación dialógica de lenguajes puros en la novela, junto con su hibridación, es un poderoso medio para la creación de imágenes de los lenguajes. La confrontación dialógica de los lenguajes (pero no de los percibidos en los límites de la lengua) perfila la frontera de los lenguajes, crea la sensación de esas fronteras, obliga a explorar las formas plásticas de los lenguajes.

(“La palabra…”, ob. cit., pág. 180)

¿Por qué los investigadores de la literatura no habían, todavía avanzado en siglo veinte, encarado estos problemas? La respuesta de Bajtín coloca en el centro la novela, que, curiosamente, viene en su teoría a ocupar un lugar similar al que la poesía tuvo para los formalistas rusos, en particular en su primera etapa. Así, lo novela no “representa”, se orienta su hacia el contenido temático, sino que también “se representa”, es decir vuelve sobre sí, sobre los materiales (lingüísticos) con que trabaja, deviene autoconsciente, y por ello clave para el estudio del sistema literario moderno en el que ocupa un lugar hegemónico.

La teoría del lenguaje de Bajtín es una teoría del enunciado, es una teoría de los géneros discursivos, es una teoría de la literatura que, finalmente, se subsume en una teoría de la novela.

Un apartado final obliga a incorporar la derivación a la cual las nuevas tecnologías, los ordenadores y la Internet han conducido el “vocabulario” de la polifonía y la intertextualidad, incluso el problema del autor y la fuente de “origen”, que antes se mencionaron.

Ted Nelson fue el primero en acuñar la palabra hipertexto (texto no lineal), que en 1967 estampó en su libro Literary Machines, y lo definió como: “un cuerpo de material escrito o pictórico interconectado en una forma compleja que no puede ser representado en forma conveniente haciendo uso de papel”.

A partir de entonces varios autores han resaltado que la noción de hipertexto se corresponde, en definitiva, con el tipo ideal de texto descripto, teórica y utópicamente, en sus escritos de fines de los sesenta. Ya no hay control alguno y por lo tanto subordinación del destinatario hacia el destinador, que lee como quiere y establece las conexiones que se le antojan; por lo tanto él mismo deviene autor-productor de la textualidad.

De igual modo los límites del texto ceden; vale la pregunta para cualquiera que ha estado alguna vez vagando con los ojos sobre la pantalla de su computadora: ¿cuáles son los límites del texto que se lee, lleno de links, infinitos y desordenados, que llevan a otros links, etcétera, es decir, a todos lados y a ninguno? ¿Cuál es el adentro y el afuera del texto? ¿Cuál su contenido de información, sus “ideas principales”? El carácter virtual del proceso de producción, difusión interactiva y lectura potencia aún más las características brevemente resumidas.

La discusión acerca de si esta nueva realidad agrega características diferentes a los conceptos de polifonía e intertextualidad, traen consigo, por tanto, un salto cualitativo, o si más bien son sólo la confirmación de lo ya dicho.

Más allá del derrotero que puede seguir este debate es evidente que las nociones de polifonía e intertextualidad se han convertido en conceptos claves de la teoría y el análisis literario en particular y de los lenguajes artísticos en general, más allá de los acentos diversos que les de tal o cual investigador. Un señalamiento de cierre obliga a resaltar que se trata de nociones que atacan el concepto de “propiedad”. Si bien resulta obvio designar a la lengua como un “tesoro común”, un bien colectivo, sin dueño, llevar esta misma idea al espacio del arte y la literatura, la tierra del talento impar, los genios, las obras maestras y las creaciones inefables, ofrece una mayor resistencia, que ya ha decantado en un fuerte sentido común que los medios de la comunicación masiva y la industria cultural no han hecho sino reforzar. En ese sentido, pese a que forme ya parte de los programas de estudio de la escuela media y alimente los ejercicios escolares, la teoría del inter-texto sigue siendo una herramienta decisiva para la desmitificación de los fenómenos artísticos.


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