martes, 26 de mayo de 2020

Undécima clase teórica


Mijail Bajtín: teoría del enunciado, teoría de los géneros, teoría de la novela

Mijail Bajtin (Oriol, Rusia, 1895-1975) siguió sus estudios superiores en la Universidad de Odesa en 1913, pero poco después se trasladó a la Universidad de San Petersburgo donde cursó filosofía y letras Su interés se volcó hacia el pensamiento filosofico alemana; sus primeras influencias provinieron de los trabajos del clasicista, traductor y filólogo ucraniano Faddéi Frántsevich Zelinski (1859-1944), cuya Historia de la civilización antigua probablemente sea la única de sus obras traducidas al castellano. La referencia sirve para observar que en la formación de Bajtín no hay una presencia exclusiva o dominante de los estudios lingüísticos. Por otro lado, sus conceptos teóricos fundamentales son inseparables de los de aquellos que, se dice, constituían el “círculo de Bajtín”. Fundamentalmente, Valentín Voloshinov (1895-1936) y en primer lugar su obra El marxismo y la filosofía del lenguaje, y Pavel Medvedev (1892-1938), autor de El método formal en los estudios literarios, en la cual se desarrolla una fuerte argumentación crítica del formalismo ruso; ambos ensayos escritos hacia fines de los años veinte.

El pensamiento de Mijail Bajtín debe considerarse como una arquitectura general que, más allá de un conjunto de implicancias éticas y antropológicas, se desenvuelve y envuelve diferentes niveles de la lengua y la lengua de la literatura.

Por un lado, la teoría bajtiniana es una teoría de la lengua en tanto enunciado. Es una teoría del enunciado. En este punto Bajtín se mezcla con las apreciaciones generales de Valentín Voloshinov. Es una conceptualización que enfrente a la gramática clásica, las expresiones de la tradición romántica y la naciente lingüística científica de Ferdinand de Saussure.

El punto primero que se debe establecer es que, si bien coincide con ella en tanto y en cuanto pueden ser percibidos como unidades mínimas, la oración y el enunciado son radicalmente diferentes, aun cuando en el habla común y hasta para algunos especialistas pueden utilizarse como sinónimos. La oración es el objeto de la gramática, el  enunciado es el objeto de estudio de la comunicación social.

Eventualmente pueden coincidir en sus límites, por ejemplo en la expresión “Cerrá la puerta”. Allí la orden que se le da a alguien en un determinado contexto, y que presupone, por ejemplo, ciertos datos contextuales (espaciales y temporales: la cercanía de una puerta, una acción que se espera que se realice de inmediato), involucra un acto comunicativo, sus interlocutores y un emisor que desea una determinada respuesta que obtendrá o no. Se trata, por otra parte, de una pieza lingüística que el profesor anota en el pizarrón para analizar una cierta estructura; establecer que se trata de una oración bimembre, que tiene un núcleo verbal simple, la marca de la segunda persona gramatical, y en ese caso al análisis sintáctico nada le importa que haya o no una puerta cerca…

Los siete locos es un enunciado único, cerrado, que se integra como un todo a la comunicación en el acto de la lectura o del comentario crítico, es decir que su “respuesta” son esos otros enunciados que produce en eco. Ahora bien, es evidente que la novela de Roberto Arlt reúne miles de oraciones.

El chico que pasea de la mano de su madre de pronto se detiene, señala a un costado y dice: “Quiosco”. La palabra, más chica que una oración, es un enunciado. Una acción comunicativa que puede traducirse así: “Compráme un alfajor, un chocolate, una golosina, algo, ya mismo”. Es una típica orden infantil.  Podría ser más pequeña todavía. El chico indica la lata que su padre colocó sobre la alacena y exclama: “Galle”. Una apócope, parte de una palabra que contiene esta vez la “orden”.

La perspectiva correcta para la consideración de los fenómenos lingüísticos, de acuerdo con Bajtín, es la percibirlos como actos comunicativos.

Voloshinov (foto) critica en su ensayo las visiones subjetivistas, que descienden de la ideología romántica, es decir aquellas que enfatizan las facultades expresivas que contiene la lengua, subrayan que se trata de un acto creativo, propio del “espíritu” y por ello distintivamente humano. Pero desestima también el “objetivismo abstracto”, propio del estructuralismo saussureano. No se trata de que Saussure no utilice la palabra “social”, lo hace y repetidamente, para caracterizar a la lengua, uno de cuyos datos principales y que posibilita contraponerla al habla, es su naturaleza “social”. La lengua, además, de acuerdo con Saussure (que siga a Emile Durkheim) es una “institución social”. Pero Voloshinov observa que ese uso que Saussure hace del término “social” es una pura especulación teórica, una predicación abstracta, del mimo modo que cuando se indica que el habla es “individual”, remiten a los términos abstractos de una conjetura teórica y el ordenamiento conceptual que busca imponer, pero nada tiene que ver con lo “social real”.

El  enunciado, tensado por el ir y venir comunicativos, por la polifonía el coro de la colectividad, nada tiene de pureza, es plena contaminación de voces.

En primer lugar porque es un imposible considerar que los vocablos que en este momento escribo o salen de mi boca soy yo quien los utiliza por vez primera. Necesaria y lógicamente se debe postular que se utilizaron con anterioridad infinitas veces, en infinitos contextos y con infinitas intencionalidades, enfatizando tal o cual matiz sonoro o semántico, tal o cual elemento literal o figurativo. Cuando se toma una palabra o un puñado de ellas, en consecuencia, se entra en contacto con ese universo de resonancias y, consciente o inconscientemente, nos topamos con esa infinitud y frente a ella nos posicionamos.

Es relación con en ese carácter comunicativo y el modo en que ese “traslado” social está atado a los quehaceres del mundo, que es necesario considerar la plasticidad de la lengua como una manera de valoración de la realidad. Los enunciados completan de algún modo su sentido a través de ese hundimiento profundo en la realidad social que alimenta la posibilidad de ironías, eufemismos, elipsis y presuposiciones. La lengua es ideología. Siguiendo a Bajtín y a Pavel Medvedev, allí radica una crítica fuerte a la posición de los formalistas. En la relación material/procedimiento, ese material que es la lengua se ofrece como una arcilla neutra sobre la que opera de manera decisiva la técnica formal. Pues bien, en ese material que es la lengua nada es neutro, todo es activamente ideológico.

En una de los artículos clave de la madurez del formalismo, “Sobre la evolución literaria”, Iuri Tinianov acuña la noción de “orientación” para explicar el modo mediado en que la literatura se relaciona con el mundo. Esta idea sí es compartida por Bajtín.

El enunciado es territorio de la contaminación de voces, el enunciado es bivocal. No se trata únicamente de indicar que nuestros enunciados se apoderan de otros enunciados a través de las citas, las estilizaciones, las burlas.

Los enunciados son bivocales, en tanto y en cuanto, como soportes de la comunicación, hacen que las voces del receptor y del enunciador se fundan en él. No hay enunciador abstracto; el enunciador lo es en función el acto comunicativo que lo une con quien lo escucha o lee. Por eso, la voz del otro, el auditor, el lector, está anticipada en el cuerpo mismo del enunciado aun antes de que se realice. El profesor de biología explica qué es un virus en una clase de escuela media, en la conferencia que da para sus pares universitarios, entrevistado por un programa de televisión, o para responder durante el almuerzo a la pregunta de su hijo pequeño. La diferencia se evidencia en el vocabulario seleccionado, en las estructuras sintácticas que utiliza, en el juego de sus presuposiciones, en el tono de su voz, etcétera.

La teoría del enunciado bajtiniana es una teoría de los géneros discursivos. Las nociones de su ensayo “El problema de los géneros discursivos”  hace unas décadas eran exclusivas de las aulas universitarias y los debates de a lingüística y la teoría literaria, y en la actualidad integra la caja de herramientas pedagógicas de los docentes de escuela primaria y media.

Los géneros discursivos se funden con la realidad social; en sus diversas esferas decantan y se estabilizan. Son, por lo tanto, de naturaleza histórica y con la historia se mueven: nacen, desaparecen, resucitan, uno se parte en dos, dos se funden en uno… Aquellos ligados a la oralidad y a las relaciones sociales más sencillas (los saludos al comienzo o final del día, las charlas entre amigos, los diálogos en el trabajo) son géneros discursivos simples o primarios; los complejos o secundarios se relacionan con la escritura y universos formales más ambiciosos: el periodismo, la ciencia, la literatura.

Los géneros discursivos complejos se montan sobre los simples, se alimentan de ellos, los absorben y resemantizan al arrancarlos de su contexto original. Esta acotada observación abre grandes territorios para el análisis de la prosa literaria, donde precisamente se explota estilísticamente hasta sus últimas consecuencias tal naturaleza.

El concepto de género discursivo supone una crítica a la noción de lengua saussureana, en tanto contrapone la determinación social real a la invocación abstracta y vacía de un cierto producto colectivo. Pero también rechaza la idea de habla, pues es más impertinente suponer que en el fenómeno lingüístico hay un espacio de lo “individual”, un lugar donde las normas sociales cesan.

El género discursivo se encuentra “en el medio”, entre la lengua y el habla, y en ese espacio social se mixturan sus tres componentes fundamentales: el tema, la composición y el estilo. Este último término, el estilo, tiene larga vida en los estudios de arte, y por lo general se resuelve en la proporción de un cierto talento individual, una marca subjetiva. Para Bajtín más bien hay que pensar al revés: el estilo subjetivo es un componente del género discursivo y la estructura global del género que ya habilita una mayor porción de estilo ya lo niega completamente. Una carta laboral rechaza el estilo subjetivo, un poema o un cuento lo privilegia y reclama enfáticamente.

La teoría de Bajtín, que es una teoría de los géneros discursivos, es una teoría de los géneros literarios. La crítica fundamental que Pavel Medvedev (foto) lanza sobre los formalistas rusos es que no supieron valorar el papel de los géneros literarios, y cuando acercaron a ellos los percibieron únicamente como repertorios de cierto tipo de procedimientos, fueron incapaces de jugar su carácter social. Para Bajtín y Medvedev la historia y la teoría de la literatura se debe entender como la historia y la teoría de los géneros literarios, todo lo demás (el autor, los movimientos o escuelas) son fenómenos de segundo orden de importancia.

Finalmente, la teoría de los géneros literarios es para Bajtín una teoría de la novela.

La novela es el género típico de la Modernidad, por lo tanto todavía se encuentra en desarrollo y sometido a transformaciones diversas. El origen del género -que reconoce también raíces en expresiones artísticas menores de la Antigüedad, que durante siglos se reprodujeron “en los costados” de los grandes géneros clásicos- se ubica en la Baja Edad Media y el Renacimiento, y se nutre de las ruinas de los géneros ilustres, la ternaridad estilística de tragedia, epopeya y drama. Es un híbrido que mezcla sin escrúpulo sus lenguas, recursos y tópicos. Supone, por lo tanto, la rediscusión de los límites de la literatura.

La novela es un género glotón y omnívoro que devora aquellos discursos hasta ayer nomás considerados no literarios como las cartas, los diarios, los refranes, las fórmulas del sentido común. Es una criatura esencialmente polimorfa, multilingüe y polifónica. Mezcla sin pudor discursos, registros y niveles de lengua, formas culturales “altas” y “bajas”, dialectos, idiomas, jergas, formalidad e informalidad, oralidad y escritura.

Se convierte en dominante (si se toma el concepto de Roman Jakobson, o bien podría ser el de  función constructiva de Iuri Tinianov) del sistema literario moderno. Ocupa el centro y subordina al resto de los géneros, que sobreviven novelizándose. Esta transformación no implica que, por ejemplo, la poesía deba adoptar personajes o cursos de acción, pero sí que revisen sus “límites” y procedimientos. Para dar una sola ilustración: la adopción del humor por parte del poema en las vanguardias, que el poeta peruano César Vallejo recurra al léxico y las construcciones sintácticas del discurso científico, acercarían una demostración de aquello que Bajtín afirma. Esto es así aun cuando en sus escritos el pensador rechaza al género poético por ser la antípodas de la novela, o sea por su carácter monológico. A diferencia de lo que ocurría con los formalistas rusos, la poesía para Bajtín parece limitada a su formulación más tradicional y “aristocrática”, ajena a las más audaces expresiones de la contemporaneidad.

En “Epopeya y novela” Bajtín echa mano a un recurso expositivo simple: como la novela es un género abierto y en desarrollo, por lo tanto de imposible definición, intentará acercarse a ella “en negativo”, es decir contraponiéndola con su “padre” ya muerto, el relato épico.

Así, mientras la epopeya es una narración siempre situada sobre un pasado mítico, eterno, alejado de los lectores y el narrador; la novela es un género del presente, el narrador, el tema y los lectores conviven en una misma contemporaneidad. Mientras la epopeya glorifica las acciones de los héroes que se mueven en un universo de valores puros y ya dados, la novela es el relato de acciones que no conocen su futuro. Por lo tanto el personaje de la novela es un ideólogo, alguien que tantea una realidad que no conoce a priori tomar  que lo obliga  decisiones, buenas y malas, con las que va completando pausadamente su carácter, su interioridad, su historia. El gran paradigma de ese devenir lo proporciona, para Bajtín, la “novela de formación”, variedad que estudió particularmente. Solo en la novela tiene sentido hablar de educación, solo en la novela se puede decir que los personajes y el narrador aprenden de sus “vivencias”.



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